lunes, 23 de mayo de 2011

Viaje sin precauciones, libre como sólo yo se.

Me fui de viaje sin precauciones, algo raro, pues soy bastante precavida; confiada en que nada pasaría, me pasee por los lugares como si perteneciera allí; tan desnuda como nadie. Y ahora pago las consecuencias; estoy enferma.
Pero así, sin aliento, sin olfato y sin gusto; con más mucosidad en mi nariz que sangre en el cuerpo, estoy bien. Necesitaba este día de relax. A pesar de la tos incontenida, del frío descomunal y de las extrañas pero divertidas  quejas, me miro al espejo y me rio de mi misma, de los días enteros que he pasado en pijama, de mis patéticas imágenes de intentar subsistir con un paquete de papas fritas.
Esto es vida.
Es el sábado fue lindo, lindo, lindo. Conocí algunos fósiles más, sentí un poco más de olor a muerto, vi unas caras aterradoras, pero quedaron millones de anécdotas dentro de un ómnibus lleno de amigos. Es que cuando la noche cae y la gente se cansa, comienza la diversión, el reír porque si, cuando hablar cuesta y una mirada te hace carcajear un buen y lindo rato.
Quedaron las experiencias de ir a un baño en movimiento, de romper cosas, de tirar comida, de que dos personas entren en el mismo baño en movimiento de 2x2 para fumar; carcajadas enteras con verdaderos amigos que son más que una familia. Sin dejar de lado que todos estábamos reunidos por la misma razón; la música.
Esa sensación de conocer gente nueva de todos lados del país mientras te presentas con una remera del orgullo gay. No hay mejor sensación que esa.
En el viaje de ida, leer poemas de Benedetti y sonreír con el sol en la cara, mientras el resto ríe de incoherencias, esa sensación de paz, de amor y de familia.

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