domingo, 29 de mayo de 2011

Infinita campanada.

3 horas de aburrimiento me llevaban por delante de mi secta vida, y entre no saber que hacer decidí tomar el rumbo de andar sin nada y tratar que todo fuera lo más llevadero posible. Sabía donde estaba, sólo quedaba encontrarla. Pasé una y mil veces por donde tengo su última mirada guardada, esperando encontrarla en alguna esquina o en alguna calle, perdida y sin rumbo, esperando un milagro más.
Claro que fue a propósito y se que me vio, aunque no se si estaba parada o sentada, sólo se que estaba.
En medio de mi camino vi tanta gente que me asombré por momentos de ver lo que pasaba; pero últimamente me cuesta interpretar mi destino, me cuesta saber las señales, ya no sé que pasa en la noche cuando mi inconsciente habla.
Tan pública como la calle, me toman como una estatua, creo que saben que vivo cuando me muevo o los miro. Señoras con bolsas del supermercado cargando religiones a sus espaldas, intentando por última vez aferrarse en la fe, a la vida. Adolescentes gritones y divertidos me miran mientras escribo; con sus modas extra-ordinarias y sus pasos indefinidos.
Más de la sombra de un árbol se refleja en mi hoja, y la gente descansando en una tediosa mañana soleada, ya no saben que hacer. Artistas callejeros, los mejores bohemios, fumando tabaco puro e intentando tener algo.
La plaza está sucia, ya no me gusta como el piso me acecha y las multinacionales se llenan de gente. A mi espalda hay una iglesia, que a tantas horas suenan algunas campanadas y yo no dejo de pensar donde estará mi dulce esperada.
Miro a todos lados intentando encontrarla, presiento que será mi último día, mi infinita campanada.

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