lunes, 31 de enero de 2011

Una hermosa nueva extraña.

Como aquella vez hace miles de años, me volvieron a cautivar con dones invisibles de artes increíbles, de dolencias y de amor. Sus ojos centellaban a la luz de la plateada luna, su piel terza y tibia, suave como la ceda, me invitaba a ser parte de ella. Su voz susurrante me decia una y otra vez que si, y mis dedos bajaban y subían por su cintura dibujando amor. La noche es larga, pero no es eterna, la noche se hizo para amar.
Entre su largo pelo oscuro mis manos recorrían su cara y sentíamos la brisa en nuestra piel.
Suavemente se sentían gritos lejanos, de borrachos de la noche; que dejamos atrás. Nuestras voces se mezclaban con el sonido del mar y el inconfundible aroma de su fragancia mezclada con salitre. Cada vez era más y más; aquella hermosa extraña me cautivaba hasta tal punto que no podía parar. Por un momento olvide su nombre, olvide mi nombre y todo desapareció. Cerré los ojos y entregándome completamente, la dejé ser.
La noche le siguió a la mañana y allí estábamos las dos recostadas en la arena viendo el amanecer. Cerré mis ojos una vez más deseando que el momento nunca acabara y dejé que me besara una y otra vez más. Luego, sigilosamente me tumbé de lado para apreciarla mejor, pero cuando abrí mis ojos solo vi mi habitación vacía.

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